Por Ezequiel Nova
Cada año, el Observatorio de Medios Digitales Dominicanos convoca al Premio Nacional de Periodismo Digital, y cada año se repite la misma inquietud en las redacciones digitales del país: ¿realmente se está premiando la calidad del trabajo periodístico o se está reconociendo a los mismos nombres de siempre?
Las bases del premio prometen mucho: evaluar la calidad del contenido, la trayectoria, la incidencia mediática y el uso de recursos propios del periodismo digital. A esto se suma la participación de un jurado integrado, según sus comunicados, por especialistas en comunicación, periodismo y marketing digital. Sobre el papel, suena a un proceso serio, técnico y meritocrático.
Sin embargo, la experiencia de muchos comunicadores digitales demuestra algo distinto. A pesar de cumplir con los requisitos, año tras año quedan excluidos trabajos rigurosos, innovadores y con alta incidencia, mientras las nominaciones parecen favorecer a un círculo reducido que se repite con demasiada frecuencia.
El problema no es solo quién gana. El problema es cómo se elige.
No existe una publicación transparente de las puntuaciones, ni se conocen los criterios de ponderación que utiliza el jurado para evaluar cada expediente. Se habla de “calidad” e “incidencia mediática”, pero no se aclara cómo se miden. ¿Qué pesa más: la investigación, el impacto social, el tráfico digital, la innovación narrativa? ¿Quién decide ese orden de prioridades y con qué metodología?
Esta falta de claridad abre espacio para lo que hoy muchos comunicadores sienten —y dicen en voz baja—: que el premio se ha convertido más en un reconocimiento para un grupo afín, que en una distinción nacional inclusiva y representativa del verdadero ecosistema digital dominicano.
Aunque las reglas del Observatorio señalan que no pueden participar sus empleados, colaboradores o fundadores, eso no garantiza la ausencia de sesgos. Al contrario, en un contexto donde el jurado no se renueva públicamente ni se hace un informe de dictamen, es inevitable cuestionar si la cercanía profesional o personal con el círculo organizador influye de manera silenciosa en las decisiones.
El periodismo digital dominicano ha crecido. Hay medios jóvenes, creadores independientes, reporteros multimedia y proyectos comunitarios que trabajan con rigor, ética y creatividad para contar historias distintas. Sin embargo, estos actores —quienes representan la evolución natural del ecosistema digital— suelen quedar fuera del radar del premio.
Los galardones deben inspirar, no frustrar. Deben abrir puertas, no cerrarlas.
Un premio que no se percibe como justo pierde su credibilidad, y cuando pierde credibilidad, pierde su razón de ser.
Ha llegado el momento de que el Observatorio revise y fortalezca su proceso:
Publicar las evaluaciones del jurado.
Transparentar criterios y ponderaciones.
Rotar los jueces con reglas claras.
Garantizar que cada postulante reciba retroalimentación.
Y, sobre todo, abrir el reconocimiento a las nuevas voces del periodismo digital.
El país necesita premios que impulsen la calidad, no que la limiten.
El periodismo digital merece un certamen a su altura.
Y la transparencia —no las relaciones ni los círculos cerrados— debe ser la base de toda premiación que aspire a llamarse “nacional”.

0 Comentarios