Por Ezequiel Nova
Juan Pablo Duarte es reconocido como el padre fundador de la República Dominicana, un hombre guiado por ideales de libertad, honestidad, justicia y amor profundo por la patria. Su visión de nación estaba basada en principios éticos firmes: un país soberano, gobernado por leyes justas y por ciudadanos comprometidos con el bien común, no con intereses personales.
Duarte soñó con una República donde el poder estuviera al servicio del pueblo, no del enriquecimiento individual. Sin embargo, al observar la realidad política actual, muchos dominicanos se preguntan si ese sueño no ha sido traicionado una y otra vez.
Un ejemplo que no se sigue
Mientras Duarte sacrificó su fortuna, su tranquilidad y finalmente su vida en el exilio por defender sus ideales, gran parte de la clase política posterior ha hecho exactamente lo contrario. En lugar de servir, muchos han utilizado los cargos públicos como medios para el robo, la corrupción y el clientelismo. El resultado ha sido un Estado debilitado, instituciones desacreditadas y una profunda desconfianza ciudadana.
La corrupción no solo afecta la economía del país; también destruye valores. Cuando los jóvenes ven a políticos que roban y no enfrentan consecuencias, el mensaje que reciben es peligroso: que la deshonestidad paga y que la ética es opcional.
Mal ejemplo para la juventud
Uno de los daños más graves de esta desviación del legado de Duarte es el impacto en la juventud. Duarte fue un modelo de disciplina, sacrificio y compromiso cívico. Hoy, en cambio, muchos jóvenes crecen viendo figuras públicas que mienten, roban y usan el poder para beneficio propio, sin castigo alguno.
Esto genera apatía, frustración y, en algunos casos, el deseo de imitar esas conductas. Se pierde el respeto por la política como herramienta de transformación social y se refuerza la idea de que el éxito no se logra con trabajo honesto, sino con corrupción.
Recuperar el verdadero legado
Honrar a Juan Pablo Duarte no debería limitarse a actos protocolares, estatuas o discursos cada 26 de enero. Su legado exige coherencia entre palabras y acciones. Exige políticos íntegros, educación cívica real y una ciudadanía que no tolere la corrupción.
El país que Duarte soñó aún es posible, pero solo si se retoman sus valores como guía. De lo contrario, su sacrificio seguirá siendo recordado solo en los libros, mientras en la práctica se continúa traicionando la patria que él ayudó a fundar.

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