por Ezequiel Nova
Salir de casa para trabajar, estudiar o hacer una diligencia cotidiana y no volver jamás. En República Dominicana, esa historia se repite con una frecuencia inquietante. Personas de todas las edades desaparecen sin dejar rastro, mientras sus familias quedan atrapadas en una espera interminable, marcada por la angustia, la incertidumbre y el silencio institucional.
Para muchos dominicanos, la sensación es la misma: parece que la tierra se los tragara.
Un fenómeno que crece en silencio
Aunque no existe un registro único, oficial y actualizado que concentre todos los casos de personas desaparecidas en el país, organizaciones civiles y reportes parciales de instituciones públicas coinciden en una realidad alarmante: las desapariciones van en aumento.
Cada año se suman cientos de denuncias. Algunas personas aparecen con vida días después; otras nunca regresan. Con el paso del tiempo, muchos expedientes quedan estancados, las búsquedas se diluyen y los casos pierden visibilidad pública.
La falta de datos consolidados impide dimensionar con precisión el problema, pero para las familias afectadas, las cifras son irrelevantes: lo que importa es la ausencia y la falta de respuestas.
Provincias marcadas por la desaparición
Las denuncias se concentran principalmente en grandes centros urbanos como Santo Domingo y Santiago, aunque ninguna provincia está exenta. En barrios populares, zonas rurales y áreas turísticas, las desapariciones ocurren bajo contextos distintos, pero con un denominador común: la dificultad para esclarecer qué ocurrió.
Algunos casos están vinculados a conflictos familiares, problemas de salud mental, violencia, trata de personas o circunstancias aún desconocidas. Otros, simplemente, no tienen explicación aparente.
Los más vulnerables
Entre los desaparecidos hay jóvenes, adultos mayores, mujeres y hombres trabajadores, pero organizaciones sociales han alertado sobre la vulnerabilidad de ciertos grupos:
Personas envejecientes, muchas con Alzheimer u otras condiciones cognitivas, que se desorientan y no logran regresar a casa.
Niños y adolescentes, cuya desaparición genera especial alarma, pero que no siempre activan mecanismos de búsqueda inmediata.
Personas en situación de vulnerabilidad social, cuyas desapariciones reciben menor atención mediática.
La rapidez en las primeras horas es clave, pero en muchos casos la respuesta llega tarde.
Denunciar también es una lucha
Uno de los principales reclamos de las familias es el retraso en la activación de las búsquedas. En la práctica, muchos parientes aseguran que enfrentan trabas al intentar denunciar una desaparición de inmediato, bajo el argumento de que deben esperar varias horas o incluso días.
Ese tiempo perdido puede marcar la diferencia entre encontrar a una persona con vida o no volver a saber de ella.
Además, la falta de un protocolo nacional unificado, de alertas tempranas efectivas y de coordinación interinstitucional debilita las investigaciones desde el inicio.
El peso de no saber
Para quienes esperan, la desaparición no tiene cierre. No hay duelo, no hay despedida, no hay certezas. Las familias viven entre la esperanza y el miedo, revisando hospitales, destacamentos, morgues y redes sociales, aferradas a cualquier pista.
Muchos parientes denuncian sentirse solos, abandonados por un sistema que, con el paso del tiempo, parece olvidar los casos. Las marchas, vigilias y publicaciones en redes sociales se convierten en la única forma de mantener viva la búsqueda.
Casos que conmueven… y otros que se olvidan
Algunas desapariciones generan gran atención mediática, sobre todo cuando involucran extranjeros o circunstancias inusuales. Sin embargo, la mayoría de los casos no trasciende más allá del entorno familiar y comunitario.
Esto refuerza la percepción de desigualdad: no todos los desaparecidos reciben la misma atención ni los mismos recursos para ser buscados.
Una deuda pendiente del Estado
Especialistas y organizaciones de derechos humanos coinciden en que República Dominicana necesita con urgencia:
Un registro nacional único de personas desaparecidas.
Protocolos claros de búsqueda inmediata, sin tiempos de espera.
Sistemas de alerta temprana para personas vulnerables.
Acompañamiento psicológico y legal para las familias.
Transparencia y seguimiento público de los casos.
Sin estas herramientas, las desapariciones seguirán ocurriendo en la sombra.
En República Dominicana, desaparecer no siempre significa ser encontrado. Mientras las cifras se dispersan, los expedientes se enfrían y la atención pública se apaga, cientos de familias siguen preguntándose lo mismo cada día:
¿Dónde está?
Hasta que no haya respuestas claras, búsquedas eficaces y un compromiso real del Estado, la sensación persistirá en calles, campos y barrios del país:
como si la tierra se los tragara.



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