Maicol Peluche: cuando el espectáculo se convierte en espejo de una sociedad en deterioro


Por Ezequiel Nova

Hay personajes que trascienden el entretenimiento y terminan convirtiéndose, para bien o para mal, en un reflejo de la sociedad que los consume.

El fenómeno alrededor de Maicol Peluche abre precisamente esa conversación: ¿qué estamos premiando como sociedad cuando la polémica, la confrontación, la vulgaridad o la exposición permanente generan más atención que el talento, la educación, el trabajo y la construcción de una trayectoria?

Más allá de la persona y de las circunstancias particulares que rodean su exposición pública, el verdadero tema merece una mirada mucho más profunda: ¿qué dice de nosotros el contenido que consumimos, compartimos y convertimos en tendencia?

Cuando el escándalo se convierte en contenido

Las redes sociales transformaron radicalmente la manera de producir y consumir entretenimiento. Hoy, una persona puede alcanzar una enorme visibilidad en cuestión de horas si consigue provocar reacciones.

El problema comienza cuando la provocación deja de ser una herramienta ocasional del entretenimiento y se convierte en el principal producto.

Insultos, enfrentamientos, conflictos personales, declaraciones polémicas y situaciones diseñadas para generar indignación pueden terminar recibiendo una recompensa inmediata: reproducciones, comentarios, seguidores y entrevistas.

Y ahí aparece una responsabilidad que no corresponde solamente al protagonista.

También corresponde a quienes deciden amplificarlo.

El medio de comunicación también tiene responsabilidad

Los medios no solamente reflejan la realidad: en determinadas circunstancias también contribuyen a definir qué ocupa el centro de la conversación pública.

Entrevistar a una persona polémica no constituye, por sí mismo, una falta periodística. El periodismo tiene derecho a investigar fenómenos sociales y figuras controversiales.

La pregunta importante es otra:

¿La entrevista busca comprender un fenómeno o simplemente explotar la polémica para conseguir audiencia?

Existe una diferencia enorme entre realizar una conversación periodística que permita conocer las causas, consecuencias y contexto de un fenómeno, y convertir el micrófono en una plataforma para reproducir conductas que pueden resultar perjudiciales para una audiencia joven.

¿Qué aprende la juventud?

Esta es quizás la pregunta más importante.

Un adolescente que observa diariamente cómo determinados comportamientos generan fama puede terminar confundiendo visibilidad con éxito.

Puede llegar a pensar que no necesita prepararse, estudiar, desarrollar una profesión o construir una reputación.
Que basta con provocar.

Que la humillación genera seguidores.

Que la confrontación genera dinero.

Que mientras más escandalosa sea una conducta, mayor será la recompensa.

Pero la popularidad no necesariamente equivale a ejemplo.

Y una sociedad que convierte cada controversia en espectáculo corre el riesgo de terminar normalizando comportamientos que deberían ser analizados críticamente.

No se trata de censurar

La solución tampoco consiste en silenciar a quienes tienen una personalidad controversial ni en imponer una única manera de hacer entretenimiento.

La libertad de expresión permite que existan personajes, opiniones y contenidos diversos.
Pero libertad también significa responsabilidad.

Los medios tienen la posibilidad de preguntar, contextualizar, confrontar argumentos y presentar consecuencias. No tienen que convertirse automáticamente en amplificadores de cualquier conducta simplemente porque genera clics.

La audiencia, por su parte, también tiene poder.

Cada reproducción, comentario, compartido y seguimiento constituye una forma de respaldo económico y social dentro de la economía digital.

El verdadero problema está en el espejo

Reducir todo el fenómeno a “Maicol Peluche” sería demasiado sencillo.

El fenómeno resulta más interesante si lo observamos como un espejo.

Porque un personaje solamente puede alcanzar determinado nivel de exposición cuando existe una audiencia dispuesta a mirar.

Y detrás de esa audiencia existe un ecosistema de plataformas, creadores, programas, páginas y medios que compiten diariamente por captar nuestra atención.

Por eso la pregunta no debería ser únicamente:

“¿Qué está haciendo Maicol Peluche?”
También deberíamos preguntarnos:
“¿Por qué nos interesa tanto verlo?”

“¿Por qué determinados medios consideran que ese contenido merece ocupar espacios destacados?”

“¿Qué estamos enseñando a nuestros jóvenes cuando convertimos la polémica en una carrera hacia la fama?”

Una reflexión para los medios

El periodismo de entretenimiento no tiene que convertirse en una fábrica de antivalores.También puede educar.

Puede investigar las consecuencias de determinadas conductas. Puede entrevistar especialistas. Puede escuchar a jóvenes. Puede abrir debates sobre responsabilidad digital, violencia verbal, exposición en redes, salud emocional, educación y cultura.

La audiencia merece algo más que una sucesión interminable de conflictos.

Merece contenido que entretenga, pero que también aporte.

Una reflexión para nuestra juventud

A los jóvenes hay que decirles algo que las redes sociales muchas veces ocultan:

ser viral no significa haber triunfado.

Tener miles de seguidores no sustituye una formación.

Una tendencia dura días; una reputación puede acompañarte durante décadas.

La verdadera influencia no consiste solamente en conseguir que miles de personas te miren. También consiste en decidir qué mensaje estás dejando cuando te miran.
Maicol Peluche puede ser analizado como personaje, como fenómeno digital o como figura del entretenimiento. Pero la conversación que realmente importa va mucho más allá de él.

Porque cuando una sociedad comienza a premiar sistemáticamente el escándalo por encima del esfuerzo, el problema no está solamente frente a las cámaras.

El problema está en lo que estamos dispuestos a consumir detrás de ellas.

Y quizás sea momento de que medios, creadores, familias y audiencia se pregunten qué tipo de referentes quieren ayudar a construir.

Porque una sociedad también se retrata en aquello que decide convertir en espectáculo.

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